

Pocas veces sobresalen por su belleza los pueblos de Ibias, aunque en el concejo hay dos que a mí especialmente me parecen preciosos. El primero es Marentes y el segundo es el protagonista de mi reportaje.
Villardecendias, lugar apartado sí, pero que esconde una belleza impresionante. Pertenece a la parroquia de Taladrid y se encuentra a 636 metros de altitud en una pendiente sobre el margen derecho del río Ibias.
Gonzalo de Suárez, creador del blog con el mismo nombre que mi reportaje, me hizo de guía en esas cuatro horas que pasé perdido en esta maravilla de pueblo.
Empezaremos la visita tal cual la hizo el. Cómo buen anfitrión, me invitó a tomar algo en su casa, casa que desde luego no tiene desperdicio:


Maravillado con la morada y sobre todo con ese fantástico comedor familiar que poseen los de Suárez, creía que el pueblo no podía ofrecer ya algo más bonito, ingenuo de mí, su vivienda tan solo era el primer aperitivo.
Y así, salimos de ella, viento en popa a toda vela para descubrir las entrañas de Villardecendias. La primera parada, a escasos 20 metros con la capilla dedicada a Santa Marina que data del siglo XVI o principios de XVII.


A pocos metros de la capilla nos encontramos con otra de las construcciones que le da carácter a este pueblo: "La torre" utilizada como escuela hasta 1930 y como calabozo durante la guerra civil. La construcción guarda las mismas líneas que los torreones del palacio de Tormaleo, aunque, en cuanto a la conservación, no hay ni punto de comparación, La torre está muchísimo mejor conservada.

Y así, a medida que íbamos avanzando por el pueblo, nos topábamos con hórreos, ventanas y balcones de belleza extraordinaria. No eran las típicas construcciones en madera, eran maderas torneadas, maderas trabajadas y, claro, aún no siendo del pueblo, me di cuenta que en él debió haber grandes manos que moldeaban y daban forma al material, hecho que Gonzalo de Suárez me confirmó.




Cuanto más avanzaba más me gustaba el pueblo, mis ojos quedaban impresionados con cualquier detalle y mis manos no podían parar de hacer fotos, entonces, algo me llamó la atención, un edificio que se levantaba delante de mí, pronto comprendí que debía guardar en sus entrañas la historia de Villardecendias. Efectivamente, era su escuela:

Sin duda una preciosidad, cuántos niños y niñas jugarían por sus alrededores. Costaba de dos pisos, el de abajo era la escuela dónde se daba clase y la parte de arriba era la casa de la maestra.

Si eres de Villardecendias seguro que te recuerdas sentado en esta mesa cubierta de polvo por el paso de los años.
En todos los pueblos de Ibias había un chigre y este no iba a ser menos. Estaba situado en casa Caselía y ofrecía un trato más que personal, casi familiar.

Dicen que todos los buenos pueblos contaban con un buen lavadero en el que se daban cita las mujeres ibienses para lavar los "trapos sucios" de la familia. Aquí tenéis el de Villardecendias, resistiendo el paso del tiempo y sin apenas ese agua que corrió por él en su día.

Y así charlando con nuestro amigo Gonzalo llegamos a la "joya de la corona", una casa, la de Martinez que alberga en su interior un gran tesoro. Este tesoro no es otro que un Lagar. En su día en Villardecendias se cultivaban muchas vides que proporcionaban rico vino para toda la familia. Dicen los entendidos que nuestro vino es bueno y por eso actualmente se está intentando recuperar en muchos municipios de Ibias.
Yo solo sé que ta buenísimo con un cacho de pan con chorizo.

Podría estar hablando de Villardecendias toda la tarde pero entonces os aburriría demasiado y empezaría a quedarme sin seguidores, jejeje. A modo anécdota, os contaré que en el año 1929 los vecinos de este pueblo tuvieron un juicio con los herederos del palacio de Tormaleo para librarse de las rentas que injustamente pagaban heredadas de la inquisición. El juicio aunque largo, duró 11 años, fue ganado por los vecinos y desde aquel entonces se les denomina con el apodo de "os abogaos" y el dicho de que en el pueblo de Villardecendias hay 18 vecinos y 19 abogaos.

Concluyo mi reportaje igual que concluí mi visita, en la fragua, no sin antes agradecer a toda la familia de Suárez esa hospitalidad y cariño que me mostraron en todo momento, sin ellos, esta entrada no sería posible.