Volver la vista atrás siempre es triste y doloroso, hacerlo significa ver lo que fuimos y en que nos hemos convertido, la cabeza se nos llena de recuerdos, de conjeturas y el corazón, el corazón siempre añora esos recuerdos.
Este era el pasado feliz de los vecinos de una aldea, la de Santa Comba, perteneciente a la parroquia de San Clemente. Se sitúa en la ladera norte de la sierra de Borde a 620 metros de altitud.Demasiadas casas en la actualidad para tan poca gente y es que Santa Comba fue uno de las primeras aldeas de Ibias en sufrir el fantasma de la despoblación. Tan sólo en verano el vocerío y la risa de la gente vuelve a recorrer los caminos de este lugar.
No podía faltar en esta aldea un pequeño santuario en el que rendir culto a Dios. La capilla dedicada al santo del pueblo, San Bernardino, se cree que fue levantada alrededor del año 1820 y que heroicamente aguanta hasta nuestros días, eso sí, sin pecados ni pecadores a los que confesar.Contaba también la aldea con 7 hórreos todos ellos techados con paja. Hoy en día sólo resisten el paso del tiempo 4 y de ellos cabe reseñar el de casa Vecentón levantado en el año 1949. Muchos se atreven a decir que es uno de los que más belleza esconde del concejo, yo no voy a ser tan osado, nunca se sabe lo que uno se puede encontrar por ahí, lo que es innegable es que guarda muchísimo encanto:

La fiesta del pueblo era el 20 de Mayo y como muchas otras en Ibias, comenzaba con la misa que recitaba el cura de Tormaleo o de Alguerdo, a continuación se celebraba una comida familiar y por la noche tocaba baile. Invitaban al gaiteiro que por lo general solía ser de Sena o al alcordionista de Uría, muy esporádicamente era invitado Rufino, el gaiteiro de San Clemente cuya profesión quitaba el miedo a cualquiera: era enterrador.
De lo que sí podemos presumir en Ibias es de agua, todos pensamos que nuestro pueblo posee la más cristalina. Dos son las fuentes con las que cuenta o contaba Santa Comba y digo contaba porque la principal del pueblo, La Pisparda, hoy está sepultada debajo de un árbol caído. La segunda de ellas, A Presoa, debajo de la carretera se convierte en la mejor opción para apagar la sed.
Por último si me permitís, voy a hacer un pequeño homenaje a una persona de esta aldea que por razones del destino tuvo que coger las maletas y poner rumbo a tierras lejanas en el año 1959. Con 15 años dejó, al menos físicamente, esta tierra tan querida para él. Hablamos de Manolo Arandojo, una persona sentimental, entregada, una persona que después de llevar 51 años fuera de su tierra, no la olvida, es más la tiene muy presente dentro de su vida. Ya ves Manolo, gracias a tí, hoy todos conocemos Santa Comba.































